4 de marzo de 2015

Con Isis, las iraquíes padecen nuevamente una vieja pesadilla: violencia y represión

Por Yifat Susskind (The Guardian)
Traducido por Verónica Torrecillas

En un video con un informe de PBS NewsHour de junio, los militantes extremistas de Isis desfilan por Mosul, Iraq, una de las primeras ciudades en caer frente a sus ataques a comienzos de junio. Los hombres armados viajan colgados de camiones mientras una multitud los filma. Un combatiente se asoma desde la ventanilla de un coche apuntando con el dedo. El material ofrece una traducción. El combatiente divisa a una mujer y le ordena que se cubra.

Así es como se impone una agenda extremista: sobre el cuerpo de las mujeres. Ese combatiente apenas ha llegado a Mosul y su primera orden de acción nos da un panorama escalofriante de una estrategia más grande que embiste contra las mujeres con represión y violencia. En las últimas semanas, las mujeres que viven bajo el control de Isis han sido arrancadas de sus hogares y violadas. Se les ha ordenado que se cubran por completo y permanezcan en la casa.

Mientras Iraq se hunde en la guerra, las mujeres no sólo están en la primera línea de batalla; son el campo de batalla. Pero también hay un aspecto que muchos medios omiten: no son sólo víctimas; son las primeras en responder de manera crítica.

Para comprender esto, debemos retroceder a los peores días de la violencia sectaria que se desató bajo la ocupación de Estados Unidos. En aquellos sangrientos años, Estados Unidos desmanteló las estructuras gubernamentales seculares de Iraq e impuso un sistema que otorga poder político conforme a una secta religiosa, lo que convierte a una diferencia teológica en una peligrosa división política.

Estados Unidos también apoyó a las milicias que imponían esa división con brutalidad y utilizaban dinero, capacitación y armas estadounidenses para imponer su propia agenda fundamentalista en la población. Bajo el régimen estadounidense, las milicias sectarias iniciaron una campaña de terror con la que perseguían a activistas, artistas, académicas/os y toda persona que desafiara su visión de la sociedad. Y las mujeres en particular eran atacadas. En 2008, había grafitis en los muros de la ciudad de Basra que amenazaban: “Tu maquillaje y falta de uso del pañuelo en la cabeza te llevarán a la muerte”.

Las mujeres no estaban seguras ni siquiera en sus propias casas, especialmente después de que los clérigos de los partidos políticos fortalecidos por Estados Unidos avalaron los “asesinatos por motivos de honor” como una obligación religiosa de las familias para vigilar la conducta de las mujeres.

Como respuesta, las iraquíes se movilizaron de una manera que no tiene precedentes. Por ejemplo, la Organización por la Libertad de las Mujeres en Iraq (OWFI por su sigla en inglés), organización contraparte de Madre, creó una red de refugios subterráneos para mujeres que huyen de la violencia en el hogar y en la calle. Bajo condiciones de ocupación militar, guerra civil y una cacería fundamentalista de brujas, las mujeres de OWFI se expresaron contra las políticas que implantaron divisiones sectarias y estimularon la violencia de género.

De regreso a la actualidad, las iraquíes se enfrentan a la nueva encarnación de una antigua pesadilla. En Bagdad, la violencia sectaria está aumentando una vez más. El primer ministro iraquí, Nouri al-Maliki, atiza esas llamas al rechazar los pedidos de unidad y resucitar a las milicias que apenas unos años atrás convirtieron los hospitales públicos en cámaras de tortura y violaron a las mujeres que se salían de la raya.

Mientras los hombres se ausentan para luchar, decenas de miles de mujeres se transforman en jefas de hogar, responsables de satisfacer las necesidades urgentes de sus familias y comunidades vulnerables. Mientras tanto, en las comunidades ocupadas por Isis, los combatientes han secuestrado mujeres de sus hogares diciéndoles a la familia que esos ataques están justificados por una “jihad sexual”. Cuatro mujeres se suicidaron después de ser violadas por combatientes.

Esta violencia no se da al azar. La violación es un arma terriblemente común que se emplea para aterrorizar y controlar a las comunidades durante la guerra. Sin embargo, no fue sino hasta hace muy poco que este tema se ha tratado con la seriedad que merece. El día que Isis conquistó Mosul, las/os líderes del mundo se encontraban en Londres en una cumbre para tratar el azote de la violación en tiempos de guerra. Ahora se vuelve a poner a prueba el compromiso de los gobiernos para proteger a las mujeres de la violencia sexual en zonas de conflicto armado.

Las/os líderes mundiales tienen una fuente vital donde recurrir por soluciones a esta crisis: las propias mujeres iraquíes. En las ciudades de toda Iraq, OWFI, con Madre y otras aliadas internacionales, está reuniendo recursos para brindar refugio, atención médica y ayuda humanitaria a las mujeres que sobrevivieron a una violación o que fueron forzadas a huir de las áreas controladas por Isis. OWFI provee ayuda alimentaria a las mujeres jefas de hogar, quienes luego pueden llegar a las personas desplazadas más vulnerables, incluyendo niñas, niños y ancianas/os.

OWFI está incluso en la Provincia de Anbar, donde las banderas de Isis ondean en alto, proveyendo protección y ayuda a quienes corren mayor riesgo de violencia sexual. Éstas son las mujeres que nunca dejaron de organizarse en los años de invasión, ocupación y guerra civil. Una vez más, están enfrentándose a la brutalidad.